Cientificos Locos- Mk- Ultra
Los experimentos orientados hacia la modificación del comportamiento, o lavado de cerebro, se iniciaron antes de 1939. Más tarde fueron perfeccionados con la ayuda de sicotrópicos tales como algunos derivados de la ergotamina. Después de la Guerra las investigaciones se aceleraron culminando en el proyecto MK-ULTRA realizado cerca de Palo Alto. Pero los principios del método no son nuevos. Los ejercicios espirituales de los jesuitas corresponden al mismo tiempo de modificación del comportamiento. Algunos autores han llegado a manifestar que el propio Marx sufrió un lavado de cerebro con la mismas técnicas mientras estudiaba en Berlín.
«Lo malo es que, en última instancia, algunos a veces ya no saben para quién están trabajando realmente».
Son palabras graves para ser pronunciadas por una persona tan puntualmente informada como lo es Ismael Medina.
«¿Se experimenta sobre las posibilidades de aplicación del control mental?» preguntan a altos mandos militares en Melilla (1980), al Jefe del Estado Mayor en Madrid (1983) y a la Dirección General de la Guardia Civil (1983): «Sí...sí...sí...» es su respuesta.
El eco es el mismo. Grave. La libertad mental es la más íntima que nos queda y también esa nos la pueden controlar con excesiva facilidad. Este reportaje es a la vez una denuncia y un aviso. Ni Pershing, ni neutrones, ni guerra bacteriológica: la guerra mental es la más limpia y anónima aún y ya actúa entre nosotros.
EL PROTOCOLO DE LA MUERTE PROGRAMADA
14 de noviembre de 1978: Leo J. Ryan, 53 años, 5 hijos, miembro demócrata de la Cámara de Representantes, desembarca en Georgetown, capital de la Guayana, junto con sus ayudantes, varios periodistas y unos abogados de la secta de los templarios del pueblo. El número dos de la embajada norteamericana, Richard Dwyer, los acompaña a Jonestown. Allí mantienen una entrevista con Jim Jones. Los testimonios acusadores que recogen son abrumadores y una veintena de fieles se acogen a la protección de Ryan y le piden ser repatriados a Estados Unidos.
El sábado 18 de noviembre, el grupo abandona Jonestown y acude al aeropuerto de Port Kaituma, donde les esperan unos aviones. Repentinamente se produjo el ataque saltan unos hombres que abren fuego, matando a cinco personas entre las que se cuenta Leo Ryan, e hiriendo a otras diez. Dos días más tarde 900 cadáveres conforman el terrorífico broche final de un ensayo mental de la Inteligencia norteamericana.
TRAMPA DELIBERADA
Año y medio después, los hijos del diputado decidieron presentar una denuncia contra el Gobierno norteamericano. De la instancia presentada ante la Corte del Distrito Norte de California por su abogado, Marvin E. Lewis, se deduce que el Departamento de Estado estaba perfectamente al corriente de las actividades oscuras de Jim Jones en el campo de experimentación de Jonestown.
Retrocedamos al origen de los hechos: en agosto de 1977 la revista New West de San Francisco publica una investigación de Marshall Kilduff y Phil Tracy denunciando las prácticas de James Warren Jones, para los amigos Jim Jones. Diez antiguos miembros de la secta contaban allí las torturas, las extorsiones de fondos, las amenazas de muerte. El lugarteniente-gobernador Mervyn-Dymally intenta obligar a los periodistas a interrumpir su investigación, lo que contribuirá a su fracaso electoral en noviembre de 1978.
PROYECTO DE SUICIDIO COLECTIVO
Más adelante, reemprende la investigación el San Francisco Examiner y revela que varios centenares de adeptos han sido obligados a entregar sus bienes a Jones. Deborah Berkeley logra escapar de Jonestown y narra a unos reporteros de San Francisco Chronicle las condiciones de vida en la comunidad de la selva de la Guayana. Revela además, por vez primera, la existencia de un proyecto de suicidio colectivo.
Es entonces cuando interviene Leo J. Ryan. En Washington pide repetidas veces al Departamento de Estado informaciones sobre el People’s Temple de la Guayana. Le responden que la colonia de Jonestown no ha sido objeto de ninguna investigación, y que las altas esferas no disponen de ninguna noticia al respecto.
Ryan decide actuar entonces en el marco de la Cámara de Representantes. A petición propia, es nombrado jefe de una,
«Misión del Gobierno de los Estados Unidos encargada de investigar las alegaciones de malos tratos inflingidos a ciudadanos norteamericanos en la colonia de Jonestown, en Guayana».
Misión oficial, a cuyo título todos los servicios gubernamentales estaban obligados a aportarle su ayuda, a transmitirle sus informaciones y a asegurarle su seguridad.
SENTENCIADO POR LA CIA
En la documentación aportada por los hijos de Ryan se acusa nominalmente a John Brushnel, que era entonces adjunto a la subsecretaría de Estado para los Asuntos Interamericanos; a Richard McCoy, en aquella época cónsul general de los Estados Unidos en Georgetown; y a John Burke, agente consular. De Richard McCoy diría en su día Hoding Carter, portavoz del Departamento de Estado, refiriéndose a los días de la matanza, que «había desempeñado su tarea conforme a las más severas exigencias profesionales y morales». De la denuncia de los hijos de Ryan se desprende que McCoy estaba informado de lo que estaba sucediendo en el campo de Jim Jones, y de que además del Departamento de Estado, también la CIA estaba perfectamente al corriente de lo que hacía el People’s Temple.
Uno de sus agentes, Philip Blakley, vivía en Jonestown, donde se había convertido en uno de los hombres de confianza de Jim Jones, mientras que Richard Dwyer, el mismo que acogió a Ryan y lo acompañó a Jonestown, era un agente de la central de inteligencia norteamericana. En el documento judicial de Marvin E. Lewis puede leerse textualmente que la acusación de los hijos de Ryan se funda en,
«el hecho de que los agentes citados trabajaban por cuenta del Departamento de Estado y de la CIA con el fin de utilizar la colonia de Jonestown como campo de experimentación del control mental en el marco de las investigaciones emprendidas por la CIA en el programa MK-Ultra».
MK-ULTRA
El escándalo del control mental estalló en los Estados Unidos en 1975, tras el suicidio de Frank Olson, quien dos años antes se había defenestrado desde el décimo piso de un edificio de Manhattan, aparentemente a consecuencia de un ataque de locura. Sorprendió en aquel entonces que el Consejo General de la CIA declarara que Olson había muerto «en acto de servicio». El suicidado era químico al servicio del ejército y estaba participando en investigaciones secretas sobre los efectos del LSD en el cerebro humano, para conocer el modo de empleo de alucinógenos durante los interrogatorios.
Una comisión del Congreso ante la que fue obligado a declarar el almirante Stansfield Turner, director entonces de la CIA y amigo personal de Jimmy Carter, reveló que estos experimentos habían formado parte de un programa secreto sobre el control mental, bautizado como MK-Ultra. El caso del People’s Temple indica que Jim Jones habría participado en dicho programa.
DE LOS PANTERAS NEGRAS AL FASCISMO
Así, sorprendieron algunos aspectos en lo que se refería a las implicaciones políticas. Es evidente que allí no se experimentó solamente con la comunidad del Templo del Pueblo, sino que previamente se operó también con éxito un cambio de personalidad en la figura de su líder.
A finales de los años 50, Jim todavía alimentaba y procuraba empleo y ropa a quienes nada tenían. Luego fundó una colonia de protección contra la guerra nuclear en California. En 1970 montó en San Francisco una iglesia que ofrecía trabajo y ayuda a los necesitados; instalaciones hospitalarias, una guardería, una carpintería, una imprenta. Contactó con Angela Davis, con los Panteras Negras que vieron como su ídolo George Jackson era asesinado por un guardián de la prisión de San Quintín, con el jefe indio Dennis Banks. Luego puso todo su entusiasmo al servicio de la campaña electoral de Jimmy Carter, pero no convenía, naturalmente, y saltó.
Ya fuera, en la Guayana, se operó su cambio subliminal. Una creciente manía persecutoria se adueñó de él. temía que su Jonestown fuera desmantelado por la fuerza, encarcelados los negros y aniquilados por la CIA los blancos. Para no caer en esas garras se imponía en último extremo el autoaniquilamiento. A ese fin encaminó a sus seguidores y ese fin de ensayo llegó inexorablemente. Antirracista, antifascista, Jim Jones acabó aplicando las más rigurosas reglas dictatoriales en su campo de concentración y finalmente el exterminio. Una labor exquisita en dos niveles —el individual y el colectivo— de los especialistas de la inteligencia mental norteamericana, desarrollada a partir del proyecto MK-Ultra.
LA HISTORIA EMPIEZA EN BUDAPEST
Esta primera operación de control mental, de la que derivan las actuales investigaciones en este campo, duró de 1952 a 1965, costó mil quinientos millones de pesetas e involucró a 185 sabios que en estricto secreto llevaron a cabo 149 experimentos diferentes en 44 universidades e institutos, 15 fundaciones y laboratorios, 12 hospitales y 3 penitenciarías.
Comenzó en 1949, cuando el cardenal Midszenty, ante la sorpresa general, reconoció los cargos que le fueron imputados por los jueces de Budapest. El primado de Hungría había sido sometido a un lavado de cerebro.
«Al principio —declaró el director de la CIA Stanley Turner el 3 de agosto de 1977 ante el Congreso— el proyecto MK-Ultra fue un programa defensivo para saber cómo habían conseguido los soviéticos y sus aliados controlar el cerebro humano mediante drogas o el lavado de cerebro. Pero ya en los años 50 los objetivos convirtieron el proyecto en ofensivo».
Un psiquiatra de la Cornell University, amigo del entonces director de la CIA Allen Dulles, creó la Society for Investigation of Human Ecology (Sociedad para la Investigación de la Ecología Humana), tapadera de la CIA y en cuyo marco se experimentaron todas las técnicas posibles del programa MK-Ultra.
SUPRIMIR LA MEMORIA
Se buscaba ahora la provocación de la amnesia a voluntad, para conseguir interrogar a un espía enemigo sin que él ni sus superiores advirtieran que había revelado sus secretos, al tiempo que se lograría suprimir datos comprometedores de la memoria de los agentes propios antes de enviarlos a misiones en países enemigos. Lo mismo valdría para borrar la información acumulada cuando cesaran en el servicio activo.
Entre los documentos que se dieron a conocer en 1977 figura la contratación de un mentalista profesional, John Mulholland, fallecido en 1970.
Un portavoz de la CIA declaró que,
«recurríamos a él cada vez que un acontecimiento rebasaba los límites de nuestro entendimiento y podía tratarse e un recurso de magia».
Mulholland lograba desviar la atención de un sujeto, obligándole a mirar en la dirección que él deseaba, gracias a sus poderes hipnóticos. En 1953 se le pagaron 3.000 dólares por redactar un manual de manipulación para la CIA. De acuerdo con los términos del contrato de este Subproyecto n° 4 o MK-Ultra, el manual serviría para,
«administrar inadvertidamente a cualquier individuo no importa que sustancia sólida, líquida o gaseosa».
LOS COREANOS LAVAN MEJOR
En cuanto al lavado de cerebro, alcanzó poco antes su éxito definitivo en manos de los especialistas de Corea del Norte, que marcaron la pauta para el resto de equipos que en todo el mundo practican este sistema de despersonalización. Se siguen diez fases básicas:
Destrucción de la identidad del individuo
Insinuación de su culpabilidad general
Incitación a la denuncia de sí mismo
Instauración de un clima de inseguridad
Clemencia aparente y proposición de perdón
Incitación a confesarse
Insinuación de su culpabilidad
Autocrítica por deducción lógica de su culpabilidad
Armonización de los puntos de vista entre las dos posiciones
Acabado del cambio del sujeto
De esta forma, se le lleva a condenarse a sí mismo sin que se ejerza verdadera violencia sobre él, obligándolo a analizar de forma lógica a partir de un punto de vista erróneo.
Si analizamos bien este sistema, cabría imputarles semejante práctica igualmente a las sectas dominantes y hasta convendríamos en que los coreanos bebieron en cálices sagrados: los conceptos de la culpabilidad y de la autoanulación como premisas para la purificación y el cambio de personalidad que deben conducir a la pretendida liberación o sublimación espiritual del individuo, subyacen en toda doctrina religiosa importante.
INFILTRACIÓN MENTAL
En lo que respecta a los rusos, maestros en la investigación de las posibilidades que ofrece la mente humana, para lo cual están en estos momentos logrando vertiginosos avances en el conocimiento de la composición de la sustancia de nuestra memoria, cabe decir que el Estado Mayor soviético dispone de una central de informaciones que opera bajo las siglas GRU y cuenta con una red de 30.000 agentes diseminados por los países occidentales y del Tercer Mundo.
Los objetivos de esta red consisten en la preparación de la injerencia rusa en los asuntos occidentales a escala planetaria, mediante la manipulación de la opinión por una parte, y por otra en el intento de apropiación de los progresos de la investigación de los países occidentales, especialmente en las áreas de aeronáutica, comunicaciones, informática avanzada e ingeniería militar. El procedimiento se basa en la grabación en la memoria subliminal de la documentación que se pretende obtener, en el marco de una programación hipnótica cuyas claves de reconversión solamente conocen los inductores del agente programado. Director de este grupo de control y condicionamiento mental es el general Piotr Ivanovitch Ivashutine, quien dirige un grupo que llega a aplicar auténticas técnicas de influencia mágica en la población.
Las tentativas por convertir al ser humano en muñeco que responda inadvertidamente a determinados impulsos, seguirán siendo objetivo prioritario de cuantos pretenden dominarnos. Ahí están, en esa línea de condicionamiento mental, los de otra forma inexplicables suicidios simultáneos de varios componentes de la fracción del Ejército Rojo (RAF) en la prisión de Stuttgart/Stammheim.
El individuo humano, desde el momento en que se integra en una comunidad armónica de congéneres, puede llegar a perder fácilmente sus convicciones individuales, y pasar a asimilar el sentir global del grupo armónico del que forma parte y del que pasa a ser una célula más sin personalidad propia. Esta célula puede, en cualquier momento, cuando concurran en el preciso instante las circunstancias óptimas, transformarse en brazo ejecutor de una acción tremendamente nefasta, con el agravante además de estar íntimamente convencido de estar haciendo el bien.
Otro ejemplo, a menor escala, sería acaso el del grupo de Charles Manson en su cruzada contra Sharon Tate. En aras de la investigación, yo mismo me ví involucrado en 1982 en Florida en una espiral de condicionamiento mental que me demostró, el insospechado grado de efectividad que podría llegar a generar un encauzamiento subliminal correctamente dirigido, a un grupo homogéneo de personas.
En tales circunstancias, lo de la Guayana es perfectamente comprensible y realizable. Y recientemente estábamos asistiendo a la inconcebible integración de Shannon Jo Ryan, una de las hijas del diputado sacrificado en la Guayana, a la secta del hindú Bhagwan Shree Rajnesh, que está cobrando auge inusitado en el Oregón. Se sigue experimentando con seres humanos. El precio en vidas no importa. Luche cada cual, en su parcela personal, por no perder su última libertad: la mental.
James Ellroy- El gran desierto
James Ellroy: Perros y pistolas
Nada más lejos de mi intención que querer desmerecer a los Cain, Goodis, MacDonald o Leonards que en este mundo han sido, pero a estas alturas parece indiscutible que los pilares fundamentales sobre los que se asienta la novela negra americana, esos autores imprescindibles para la evolución de un género que indudablemente no habría sido el mismo sin ellos, son cuatro y cuatro exclusivamente: Dashiell Hammet, Raymond Chandler, Jim Thompson y... James Ellroy.
La infancia del futuro escritor, nacido el 4 de marzo de 1948 en Los Ángeles, California, no fue fácil. A los seis años sus padres se separaron, y a los diez, su madre, Geneva Hilliker Ellroy, una enfermera alcohólica y algo promiscua, fue asesinada. Su cuerpo fue hallado el 22 de junio de 1958 cerca de una escuela local envuelto en un abrigo y escondido entre unos arbustos. El crimen quedó sin resolver y, aunque Ellroy afirma que el hecho en sí no fue traumático sino más bien liberador («El asesinato no fue una pesadilla, sino algo que transformé en algo bueno y útil desde muy pronto»), despertó en él una oscura obsesión por el crimen. James se trasladó a casa de su padre, «que era un señor encantador de unos sesenta años que se dedicaba básicamente a perseguir mujeres y a jactarse de que una vez se había tirado a Rita Hayworth cuando trabajaba como su agente artístico», y comenzó a devorar novelas policiacas. A los once años, su padre le regaló un libro con el resumen del nunca resuelto caso de la Dalia Negra —nombre con el que la prensa bautizó a la joven que había aparecido mutilada y partida en dos en un solar de Los Angeles en 1947—, catapultando su obsesión a niveles estratosféricos. El asesinato de la Dalia y el de su madre quedaron asociados en su cerebro y el objetivo de su vida se convirtió en entender el comportamiento criminal y, más concretamente, el psicosexual; en saber quién y por qué había sido capaz de hacerle aquello a otra persona.
Ellroy se convirtió en un voyeur que entraba en casas ajenas para ver la tele y robaba en los supermercados. Siendo un WASP que acudía a un instituto en el que el 99% de los alumnos eran de origen semita, y no pudiendo soportar sentirse ignorado, no se le ocurrió otra cosa para llamar la atención que ir gritando por los pasillos «Sieg Heil, matemos a los judíos», hasta que fue expulsado. Nunca terminó sus estudios.
Cuando tenía 17 años murió su padre, dejándole por toda herencia unos cheques de la seguridad social —que cobró fraudulentamente— y un reloj. Ellroy se creyó los eslóganes e ingresó en el ejercito «para matar comunistas y follar con muchas mujeres», pero el ambiente castrense le deprimió y fingió que sufría una crisis nerviosa, correteando desnudo por el campamento para conseguir que lo echaran. Los siguientes años los pasó alternando entre vagar por la ciudad bebiendo, drogándose y aficionándose de nuevo al allanamiento de morada (principalmente para oler ropa interior femenina), mientras trabajaba de caddie en el campo de golf del prestigioso Hillcrest Country Club. Finalmente, a los 27 años, alcohólico y cocainómano, tuvo un colapso y tuvo que ser hospitalizado, diagnosticándosele síndrome cerebral post-alcohólico.
Ellroy dejó de beber gracias a múltiples sesiones en Alcohólicos Anónimos, pero durante tres años continuó drogándose para «seguir en órbita», y siguió ejerciendo de caddie hasta la publicación de su quinto libro, momento en el cual comenzó a ganar suficiente dinero y encontró «la fuerza para serenarme y dedicar mi vida a la escritura».
Aparte de por la calidad de su trabajo, sus primeros años como escritor se caracterizan por un constante esfuerzo autopromocional; Ellroy disfrutaba con su pose de chico duro, contando anécdotas de su turbulenta adolescencia y dejando en su contestador mensajes como «Soy James Ellroy, guau, guau, el perro loco de la literatura americana». Una vez más «era una manera de llamar la atención». Ahora contempla esta etapa de su vida sin ninguna condescendencia («Era un mierda patético, un ladrón idiota e incapaz que llevaba el pelo corto en el 68. ¡Ni siquiera eché un polvo durante el verano del amor!»), aunque eso no quiere decir que no la acepte, «pues es lo que me ha permitido convertirme en lo que soy: un buen escritor».
Foto: Marion Ettlinger.
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Diseños de Chip Kidd y fotografías del no menos brillante Thomas Allen
para la reedición más reciente de la trilogía de Lloyd Hopkins.
Sus tres siguientes libros, sin embargo (Sangre en la luna, A causa de la noche y La colina de los suicidas; ojo con el orden, porque en la edición española la tercera aparece erróneamente anunciada como la segunda), desarrollan sus tramas en el primer lustro de los ochenta, y juntas conforman la trilogía del sargento Lloyd Hopkins. En ellas, Ellroy acaba de curtirse como escritor, consiguiendo una envolvente sensación de misterio y tensión de la primera a la última página. En todo caso, la trilogía, admite el autor, está compuesta de historias lineales y relativamente sencillas. El mismo Hopkins queda lejos en la memoria de Ellroy: «Lloyd Hopkins es un buen personaje, pero ya no siento mucho apego por él. Era grosero y muy nervioso, como yo en aquel momento».
Sangre en la luna, además de adaptarse al cine como Cop, con la ley o sin ella (dirigida por James B. Harris, protagonizada por James Woods y Lesley Ann Warren, y desdeñada por el escritor, que prefiere cosas como Retorno al pasado, El padrino o Uno de los nuestros) se erige en máximo exponente de otra de las grandes obsesiones de Ellroy: la dualidad. En casi todas sus novelas hay dos personajes que, en mayor o menor medida, recorren caminos paralelos, habitualmente bordeando un abismo al que uno de los dos habrá de caer: sea el alcoholismo terminal (el protagonista de Réquiem por Brown consigue dejar de beber; su mejor amigo muere de cirrosis), la obsesión sexual (tanto Hopkins como el psicópata al que persigue sufren un trauma sexual y viven de acuerdo a unas mismas pautas, sólo que uno es policía y el otro asesina mujeres) o la corrupción.
Foto: Ted Thai / Life.
En 1988 llegó El gran desierto. Con la caza de brujas como telón de fondo, Ellroy inaugura su estructura de a tres (es decir, tres protagonistas que siguen tres líneas de investigación diferentes que se entrecruzan para acabar coincidiendo) y difumina la raya de separación entre los policías corruptos y los no corruptos, que son los que no se detendrán ante nada, ni siquiera ante la ley, para conseguir sus objetivos, que por muy razonables que sean no justifican tamañas orgías de violencia como las que provocan. En el mismo sentido giran L.A. Confidencial y Jazz blanco, sólo que en esta última Ellroy cambia de estilo hacia una prosa mucho más sincopada, desnuda y seca (en consonancia con sus argumentos, progresivamente más salvajes). Añadir, si acaso, que en Jazz blanco continúa el enfrentamiento entre Ed Exley y Dudley Smith iniciado en L.A. Confidencial, ya que, a diferencia de lo que pasa en su por lo demás estupenda adaptación fílmica, Smith no moría en la novela.
En 1993 apareció Dick Contino’s Blues [publicado este mismo año en España como Noches en Hollywood], una recopilación de cuentos en la que, pese a encontrarse alguna que otra joya, el nivel no pasa de aceptable y se demuestra de forma palpable que Ellroy rinde mejor en las distancias largas. Su siguiente paso fue América, elegida mejor novela de 1995 por la revista Time.
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Más diseños de Chip Kidd para las ediciones norteamericanas de Ellroy.
Sin embargo, antes de pasar al segundo volumen, Seis de los grandes, Ellroy escribió Mis rincones oscuros, una fascinante obra en la que conjuga biografía, especulación e investigación, y en la que, 38 años después, intenta resolver el asesinato de su propia madre, no a través de subterfugios de ficción como La Dalia Negra, sino directamente con la ayuda de un detective privado. Un viaje una vez más a las alcantarillas de L.A. pero también una inmersión en el alma de un hombre.
Un alma, insiste él, no demasiado torturada. Actualmente Ellroy disfruta de una vida tranquila con su segunda esposa y su bull-terrier en un barrio residencial muy tranquilo y muy limpio, republicano, rico y con mayoría blanca («Cuando los vecinos sacan a pasear a los perros incluso puedes acariciarlos»). Escucha música clásica y ve combates de boxeo en la tele, se declara básicamente conservador y dice que prefiere pecar por exceso de autoridad que de escasez: «Después de la vida que me ha tocado vivir le tengo miedo al desorden». Quién lo diría.
Publicado originalmente en Más Libros nº 3. Mayo 1998
Sed de mal- Orson welles
Sed de mal es retorcida, oscura y trágica. Una de esas películas que hay que ver antes de morirse y todo eso..."
por Emilio Calvo de Mora

ver cartel
Director: Orson Welles
Estreno:1956-06-07
Genero:Drama
Para muchos, incluso para muchos de los que no la han visto, Sed de mal es particularmente famosa por contener lo que, a juicio de los entendidos en las filigranas técnicas del cine, es el mejor plano-secuencia de toda su historia. La cámara, colgada en una imponente grúa, desciende en picado hacia la pareja formada por Charlton Heston y Janet Leigh ( Vargas y Susan, su esposa ) que pasean al otro lado de la frontera para tomarse un helado. Al tiempo, alguien mete una bomba en un coche. Lo que viene después es parte de esa Historia y no debe tomarse a la ligera.
Recuerdo que vi Sed de mal hace mucho tiempo y no me llenó como ahora. Recuerdo el sudor. La sensación de agobio físico y mental: sensación que no ha desaparecido, continúa y, si cabe, amplificada. Ahora me parece más sórdida que antes: su obscenidad está mimada al detalle. También es siniestra: su maldad ocupa las sombras que los personajes van dejando en esa ciudad fronteriza entre México y los EEUU ( Los Robles ). Orson Welles es el capitán Quinlan, un tipo gordo hasta la caricatura, cebado por el odio de su mísera vida en un asqueroso rincón del mundo y comido por una sed de venganza no cumplida ( su mujer fue asesinada y no encontró al culpable.
Orson Welles se reserva el papel más jugoso. Quizá Charles Laughton , que es una de mis debilidades cinéfilas, lo hubiese desempeñado con idéntico oficio. O Marlon Brando en su última época, antes de abandonarse del todo. No me imagino a nadie más. Charlton Heston es el oficial de narcóticos mexicano que acaba de meter entre rejas al capo de la mafia fronteriza y acaba de casarse con la sosa, inevitablemente sosa, Janet Leight. A partir de aquí Welles monta un empozoñado guignol sobre la corrupción y el odio y conduce la trama a través de los ojos vidriosos del perverso capitán Quinlan, lo cual no deja de ser una novedad.
Sed de mal es retorcida, oscura ( casi todas las escenas suceden de noche ) y trágica. Fascina por la admirable fotografía de Russell Metty, por la inspiradísima y ya inmortal música de Henry Mancini ( mestizaje puro de jazz, rock and roll y música latina ) y por el delirio visual de su expresionismo. El propio personaje de Quinlan es ya un fantástico hallazgo: un hombre atormentado, dejado de sí mismo, admirado por sus compañeros, pero perverso, en el fondo, aureolado de una maldad pocas veces vista en el cine. Es fundamental el papel de Marlene Dietricht, dueña de un tugurio con pianola en el que un Quinlan más joven fue " un hombre excepcional", pero la muerte violenta de su esposa activa un mecanismo de perfidia y de atrocidad impresionante: Quinlan es despiadado, huraño, feroz en su lacónico movimiento por las escenas...
Tan impresionante como el contrapicado inicial es la escena en la que Quinlan mata a Tío Grandi, el otro mafioso en cartel, delante de una narcotizada Susan Vargas, tirada en una cama, farfullando, abriendo y cerrando tímida y débilmente los ojos: la forma en que se embute los guantes y el lugar en donde Welles coloca la cámara para que advirtamos la tragedia cerniente,la luz mortecina de la habitación, el agónico estertor de la víctima... Todo contribuye al magisterio fílmico de Welles, a su insobornable talento para escudriñar la raíz del mal, su vasto dominio sobre las pulsiones humanas. No en vano Orson Welles acudía a Shakespeare en cuanto podía.
"Cahiers du cinéma" la definió como “la mejor película de serie B que jamás se haya hecho”. Quizá, a pesar de lo excesivo de la afirmación, no falten a la razón: los materiales que usa Welles son pobres. Los decorados son mínimso. Los diálogos no brillan por su genialidad. Cómo a partir de una irrelevante narrativa o de un muy escaso atrezzo el genio de un director es capaz de crear Arte. Arte malsano, claro, pero una de esas experiencias cinéfilas imperecederas, a las que uno acude de vez en cuando porque necesita una sesión vitaminada de cine en estado puro. Escatológico, en algunos casos. Simbólicamente, Quinlan muere en un basurero.





