2666 - Roberto Bolaño
“2666”, la indiscutible obra maestra de Roberto Bolaño
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Alejandro Zambra
Bettie Page: La Pin up mas famosa del mundo
La hora del lobo - Ingmar Bergman
Vargtimmen (La hora del lobo)
Ficha técnica
- Director Ingmar Bergman
- Título original Vargtimmen
- Guión Ingmar Bergman
- Productor Lars-Owe Carlberg
- Fotografía Sven Nykvist
- Montaje Ulla Ryghe
- Música original Lars Johan Werle (score), Johan Sebastian Bach, Wolfgang Amadeus Mozart.
- Intérpretes Max von Sydow, Liv Ullmann, Erland Josephson, Gertrud Fridh, Ingrid Thulin.
happening que arranca frívolamente y termina en un ejercicio de malsana intromisión en sus vidas privadas, revelando retazos de una solapada y arcana malignidad. Los demonios seguirán llamando a Johan a sus dominios, con el reclamo de su ex musa y amante, Veronica Vogler, para hacerle volver sin Alma y a la hora más tenebrosa: La hora del lobo.
Crítica
Comentario crítico
Johan
"Me llamo artista a falta de una palabra mejor. No hay nada autoevidente en mi trabajo creativo, excepto la compulsión de hacerlo", afirma Johan, quien quisiera pasar el resto de su vida dibujando a Alma, pero sólo consigue abocetar demonios, los mismos que le mantienen insomne noche tras noche. Su desequilibrio le ha arrastrado al retiro, pero es allí donde sus merodeadores le esperan, donde tendrá que lidiar con el amor que le profesa su compañera, con la insidiosa mirada analítica de un niño desconocido y, al final, consigo mismo. Pero, ¿quién es en realidad Johan? ¿Es la imagen de la que quiere ser un reflejo Alma o el payaso travestido en que pretenden convertirle sus oscuros anfitriones? ¿Puede permitirse ser otra cosa? ¿Puede permitirse ser él mismo?
Alma
Está convencida de la vieja y entrañable teoría de que quienes pasan demasiado tiempo juntos acaban pareciéndose como dos gotas de agua. Ha aceptado consagrarse a cuidar del artista, negarse a sí misma para absorber una parte de él. No hay mejores intenciones que las suyas, pero su amor le hace morder y escupir pedazos de su ente para poner en los huecos los de Johan, de quien espera el mismo proceso, desembocando en una anhelada espiral de mutuo y consentido canibalismo de egos. Alma es la primera vampirizada... y la primera vampira.
Los vampiros
El Barón von Merkens y su esposa Corinne son exigentes mecenas, que admiran la obra de Johan tanto como ansían los cuerpos del artista y su amante. El insidioso Heerbrand sigue los pasos del pintor intentando hurgar en su cerebro, psicoanalizarle a él y a su creación, hasta el punto de ganarse un puñetazo en las narices y la desesperada imprecación "¡Cállese! ¡Cállese!". La Condesa se presta como lasciva intermediaria entre Johan y Veronica Vogler, a cambio de un pedazo de orgullo, mientras la matriarca Von Merkens ofrece caramelos envenenados en forma de sabios consejos desde la vejez. Lindhorst, trasunto de Bela Lugosi, y carcelero de homúnculos, es el caballerosamente macabro maestro de ceremonias, ladino anfitrión cuya alfombra de pétalos secos conduce a la habitación donde guarda los instrumentos de carnicero, por la que tal vez merodee, mordiéndose las uñas, el torturado Ernst. Veronica Vogler es el cebo, la carne que llama a la carne, orgullosa de su papel y deseosa de devorar su trozo de la pieza de caza. Este coro de vampiros, o de "antropófagos", como gustaba de llamarlos Bergman (fue, de hecho, el primer título del proyecto), ha olido la sangre de Johan y aúlla en pos de ella.
Ingmar
En el momento de rodar La hora del lobo, Liv Ullman estaba embarazada de su única hija con Bergman, fruto de una relación que daría al traste con el cuarto y penúltimo matrimonio del director. Tras él dejaba también siete hijos; siete asuntos subrayados y sin resolver en la agenda vital de un hombre que en sus postreras declaraciones desde la Isla de Färo admitía su pesar por no haber podido dar a sus vástagos carnales la misma atención que a los de celuloide. La figura pública, el hombre antes que el artista, se convertía una vez más en ese nefasto doppelganger que el pópulo prefiere desmenuzar antes de entregarse a la más ardua tarea de asimilar el fruto de su creación. Son de ellos las pisadas que inquietan a Alma bajo la ventana de la cocina.
A su vez, la colosal responsabilidad de alumbrar un nuevo filme tras la que está casi unánimemente considerada como su cumbre, Persona, unida a la disparidad de los comentarios generados por ésta tras su estreno inmediato, debió hacer mella en la seguridad artística del director.
Productores, críticos y parte de lo más granado de la intelectualidad sueca se unieron a la bandada de vampiros empeñados en tener una parte del fluido vital del artista, convirtiendo La hora del lobo en un inútil pero majestuoso manotazo al aire de quien se sabe ya condenado a ser fagocitado, regurgitado y vuelto a deglutir por quienes le rodean. En palabras de Johan: "Os doy las gracias, porque el límite ha sido finalmente transgredido. El espejo está roto, pero, ¿qué reflejan los trozos?".
Desde que Vargtimmen vio la luz, el director sueco ha insistido en su condición de película de terror, un divertido ejercicio de género ajeno a cualquier tipo de interpretación vinculada a su andadura personal. Difícil tarea, en la que ha contado siempre con el oportuno auxilio del actor Erland Josephson, y que choca frontalmente con la opinión de Max von Sydow, para quien cada producción bergmaniana es un intento del autor de exorcizar sus demonios. Decidan ustedes quién tiene razón, si el confidente oficial de Ingmar (y probable sicario, en nombre de la amistad, en sus intentos de solapar lo evidente) o quien con más frecuencia se personificó en su alter ego, observador imparcial pero indudablemente impregnado de su persona por un continuo ejercicio de encarnación. Los sonidos de filmación con los que arranca la cinta pueden ser un intento de marcar distancias entre ficción y realidad; hábil y oportuna argucia para un Bergman a quien, en realidad, no se le daba demasiado bien mentir.
La vergüenza termina con Max von Sydow y Liv Ullman escapando en una barca de una nación entregada a la guerra civil, mientras que La hora del lobo, tras la breve entrevista ficticia a Alma, les presenta llegando a la isla por los mismos medios. En la primera, Bergman se enfrentaba a la imposibilidad del hombre de vivir en tierra de nadie, zarandeado por las acometidas políticas de dos extremos irreconciliables, mientras que aquí es la identidad del artista y el hombre la que hace equilibrios sobre el alambre, mientras abajo mueven los mástiles.
Si dan la razón a Max, límpiense de las fauces los restos del cuerpo del artista, porque acaban de participar en el ágape nocturno de quien es invitado de honor y primer y único plato. Mientras, servidor hará lo posible por evitar las fantasmales imprecaciones de Johan/Ingmar: "¡Cállese! ¡Cállese! ¡Cállese!".
fuente: filmoteca de Andalucia
La muerte del cruel Osvaldo Pincetti
Participó en espeluznantes crímenes y aplicación de tormentos
Solo, abandonado y loco, como merecía, murió el hiptonizador y torturador Osvaldo Pincetti
Escasas semanas después que -por conmiseración- la justicia lo dejó en libertad; absolutamente solo, empobrecido, con sus facultades mentales dañadas y literalmente pudriéndose en vida, murió uno de los más crueles torturadores y participantes en atroces crímenes durante la dictadura de Pinochet: Osvaldo Pincetti, conocido como “Doctor Tormento” o “Profesor Destino”.
Quien vivió tiempos en que su poderío parecía inacabable y abusó de la garantizada impunidad para ejercer bestialmente su papel de criminal a sueldo, gozó del favoritismo de la dictadura ayudando a torturar y asesinar hiptonizando prisioneros, o intentando doblegar sus voluntades para sacarles declaraciones contra su voluntad… murió como le correspondía: en estado miserable, abandonado incluso por sus más cercanos, despreciado por una sociedad que aún no entiende cómo un solo personaje pudo albergar tanta maldad y brutalidad.
Torturaba, hipnotizaba e inyectaba
Reproducimos a continuación algunos fragmentos de prensa sobre los crímenes del despreciable “Doctor Tormento”, que no descansará nunca en paz… igual que otros.
De La Nación:
“Don Jaime ordenó que los prisioneros descendieran. Barriga era el jefe del operativo. El único oficial que lo acompañaba era el teniente de Carabineros, también agente DINA y entonces jefe de la agrupación Águila, Ricardo Lawrence Mires, quien actuó como subordinado suyo.
Desde uno de los vehículos descendió un hombre de lentes ópticos, usando un delantal blanco. Era el “doctor” Osvaldo Pincetti, conocido como El Brujo de la DINA. Un paramédico que utilizaba técnicas de hipnosis para sacar información a los detenidos. Entonces Barriga le ordenó proceder. A los prisioneros se les sacaron las amarras pero se les mantuvo la vista vendada. Pincetti preparó una jeringa y comenzó a trabajar.
“Pude ver que el doctor Pincetti los inyectó en un brazo, ignoro con qué, pero los detenidos cayeron todos muertos de inmediato”, relató el ex agente de Barriga, E.V.T., en una de sus declaraciones judiciales de 2003.” La Nación.
De La Tercera:
La voz del “Profesor Destino” se escuchaba profunda, seria, monofónica. A través de Radio Occidente de La Serena, el hombre leía el horóscopo, daba consejos amorosos, ponía temas de la nueva ola y adivinaba el futuro de sus oyentes. Su programa lideraba la sintonía radial a principios de los 70, en una ciudad en donde no muchos tenían televisor. Pero, poco antes del golpe de Estado, el espacio se acabó.
Días después del 11 de septiembre de 1973, detenido en el Regimiento Arica de la capital de la IV Región y con los ojos vendados, el comunista Eliseo González reconoce la voz de su interrogador: “¿Que no es el ‘Profesor Destino’?... Pero, claro, si es Pincetti”, recuerda haber comentado con los demás prisioneros políticos del recinto.
Osvaldo Pincetti Gac, el hombre que decía tener poderes paranormales y que asombraba a su público con espectáculos de hipnosis, había sido reclutado por la Dina. Hoy, conocido como “Doctor Tormento”, está preso en Punta Peuco, condenado a 10 años por su complicidad en la muerte del carpintero Juan Alegría Mundaca, asesinado en 1983 para encubrir el crimen de Tucapel Jiménez. Además enfrenta varios procesos por desapariciones.
Pincetti fue un personaje singular dentro de la Dina y la CNI. Quienes pasaron por sus manos coinciden en que su labor no era, en rigor, aplicar tortura, sino que “ablandar” al detenido. ¿Cómo lo hacía? Generalmente recurría a la hipnosis, “un don que tengo desde niño”, declaró después ante el juez Alejandro Solís.
Dudas: Sin embargo, nunca fueron muy claras sus habilidades extrasensoriales. Fernando Moraga, periodista y director de Radio Occidente en los tiempos en que Pincetti era el “Profesor Destino”, señala que “como hipnotizador era un poco chapucero. Es cuestión de que encuentres la persona adecuada y se te duerme sola”.
La opinión entre los presos políticos de La Serena no era muy distinta. “Nosotros nos cagábamos de la risa con sus sesiones de hipnosis. Algunos lo engañaban y se hacían los dormidos, y Pincetti decía ‘está listo, está listo’“, cuenta Eliseo González.
Aún así, los detenidos se preparaban para las sesiones con Pincetti. González dice: “Íbamos con la fuerte convicción de no dejarnos hipnotizar, con la idea de oponer resistencia mental”.
Otros, como el médico Eduardo Ilabaca Plaza, recuerda que Pincetti le administró pentotal para eliminar su resistencia a hablar y que en los interrogatorios ponía de fondo el Lago de los Cisnes: “Hoy día escucho esa melodía y me angustio”.
Más tarde, el “Doctor Tormento” apareció en Villa Grimaldi. Según declaró ante el juez Solís en la causa por el secuestro del mirista Luis San Martín, Manuel Contreras le encargó la tarea de hipnotizar al personal que trabajaba en ese centro de detención para medir su coeficiente intelectual.
Pincetti señaló que el trabajo lo realizó con unos 800 funcionarios, no sólo en Villa Grimaldi, sino que también en los cuarteles de Londres 38, José Domingo Cañas e Irán con Los Plátanos, conocido como “Venda Sexy”. Luego siguió con los detenidos: “El sistema los aliviaba, porque así se liberaban de otros apremios”, aseguró a la justicia.
El “Doctor Tormento”, también conocido como “El Doc” o “El Brujo”, hipnotizó a prisioneros en Colonia Dignidad, según propia confesión, y durante sus funciones conoció a Miguel Krassnoff, Marcelo Moren Brito, Osvaldo Romo, Pedro Espinoza y otros militares emparentados con las violaciones a los derechos humanos.
A los agentes Carlos Herrera Jiménez y Alvaro Corbalán los acompañó en el asesinato de Alegría. La justicia determinó que Pincetti hipnotizó al carpintero para que éste escribiera una carta autoinculpándose del crimen de Tucapel Jiménez. Fue la última de Pincetti.
El “Doctor Tormento”
La auxiliar de enfermería de la Clínica London Jazna Larrecheda Valdés contó un segundo detalle gravitante para el juez y la primera pista concreta sobre la muerte de Leyton. La mujer relató a Madrid que en marzo de 1977, “a eso de las 2 a.m., llegaron hasta la Clínica London unas ocho personas a cargo de un oficial y otros dos agentes a quienes identifiqué como Armando Cabrera y el cabo Manuel Leyton. En un instante todo el grupo entró a la oficina del jefe administrativo y a los pocos minutos llegó un sujeto conocido como el doctor Pinchetti”. Este último, también conocido como el “doctor tormento”, era el hipnotizador de la DINA.
Luego de algunas horas vio a Leyton fumando y paseándose de un lugar a otro, “tocándose la cabeza en señal de nerviosismo y desesperación, al mismo tiempo que acariciaba el arma de servicio que llevaba al cinto (...) Transcurrieron algunos minutos y salió Cabrera de la habitación. Inmediatamente ingresó Leyton hasta donde permanecía Pinchetti”, declaró la auxiliar de enfermería.
A los pocos minutos, el hipnotizador llamó por teléfono y dijo: “El primero (Cabrera) negativo, el segundo (Leyton) positivo”, cuenta Larrecheda.
Hipnosis mortal
De: El Universal de México (eluniversal.com.mx)
He aquí el plan: primero, escoger a alguien, no importa a quién, pero que sea pobre, alcohólico y que nadie lo eche de menos. Segundo, ganar su confianza e invitarlo a beber. Y tercero, cuando esté borracho, llevarlo a su casa, cortarle ambas muñecas y ordenar la escena para que parezca un suicidio.
Simple, eficaz y barato.
Con el crimen, el grupo de agentes de la Central Nacional de Informaciones (CNI) el siniestro aparato de seguridad de Pinochet quería ocultar otro asesinato, el del líder sindical Tucapel Jiménez, encontrado 17 meses antes con cinco tiros en la cabeza y varias cuchilladas en la garganta.
Los agentes recorrieron los cerros de Valparaíso y el 10 de julio de 1983 eligieron a Juan Alegría, carpintero, 33 años, abandonado por su esposa, sin un peso en los bolsillos y totalmente ebrio.
Sin embargo, antes de morir, el carpintero debía escribir una carta en la que confesara que se suicidaba agobiado por culpa de haber matado a Jiménez. ¿Cómo lograr que haga algo así? Fácil: hipnotizándolo. La CNI tenía entre sus filas a un personaje curioso y prácticamente desconocido en la larga lista de violadores de derechos humanos durante la dictadura en Chile.
Ese hombre era Osvaldo Pincetti, un sujeto mofletudo y de pantalones abrochados sobre el estómago. Decía que era médico y que tenía poderes paranormales, y con esos títulos había recorrido casi todas las cárceles secretas del país con la autorización del general Manuel Contreras, mano derecha de Pinochet en la lucha antisubversiva.
Pero Pincetti no era médico. Tampoco un verdadero hipnotizador. ¿Poderes paranormales? Ninguno en realidad. Es difícil saber con precisión en qué momento los agentes de seguridad del régimen militar, entrenados para desconfiar hasta de su propia sombra, se dieron cuenta de que estaban siendo asesorados por un embaucador y que habían caído no uno ni dos años, sino durante todo el gobierno de Pinochet, 16 años.
Alto y con lentes tan gruesos que apenas se podían ver sus ojos, la misión de Pincetti era poner en trance a los opositores de la dictadura para sacarles información. Pero llegó demasiado lejos. Fue condenado por la justicia a 10 años por el crimen del carpintero Alegría y hoy pasa sus días en un área para enfermos mentales del Hospital Militar de Santiago, solo, casi todo el día en cama, con un humor del demonio y despreciado por los demás pacientes.
Aries...
La voz del “Profesor Destino” suena profunda, convincente, de ultratumba. Hace una pausa, no se escucha volar una mosca, y continúa: Evite correr riesgos innecesarios en su trabajo. Dedíquese a consolidar su situación...
Faltan varios meses para el golpe militar del 11 de septiembre de 1973, y Osvaldo Pincetti vive en La Serena, a 470 kilómetros al norte de Santiago. No es un desconocido en la ciudad. Es, en realidad, un éxito radial. Todo el mundo lo conoce como el “Profesor Destino”, el locutor que lee el horóscopo, adivina el futuro, da consejos amorosos, receta medicamentos, contesta consultas de radioescuchas atormentados e hipnotiza.
¿La hipnosis? Es un don que tengo desde niño dice cuando le preguntan.
Un día, semanas antes del golpe militar, el programa se acaba y a Pincetti se lo traga la tierra. Nadie tiene noticias de él.
El ex locutor radial ha sido reclutado por la Dirección de Inteligencia Nacional (Dina), la primera policía secreta de Pinochet.
La idea de obtener información de los detenidos a través de la hipnosis prendió rápidamente entre los oficiales del regimiento. Se trataba de un método inédito y quien lo proponía no era otro que el Profesor Destino. Pronto, los presos políticos lo bautizaron como Doctor Tormento.
En uno de los tantos juicios en que debió declarar tras el retorno de la democracia, el Doctor Tormento confiesa que hipnotizó a alrededor de 30 detenidos.
Un testimonio
-Usted me menciona a Pincetti y se me revuelve el estómago-, dice Carlos Soto, concejal por Talca, ciudad al sur de Santiago, quien tuvo una particular experiencia con el “Doctor Tormento”. Fue detenido en mayo de 1980 por poseer una imprenta clandestina. Tenía 25 años. Luego de tres días de brutales torturas, le dijeron que había llegado un equipo de especialistas desde Santiago y allí, ante sus ojos, apareció Pincetti.
A esas alturas, la Dina había sido disuelta y el hombre figuraba en las filas de la CNI, donde fue incluido en la División Antisubversiva. Su misión seguía siendo la misma.
Soto continúa el relato: “En eso sacó de su bolsillo una cadena con una piedrecita similar a un diamante. Al girar daba unos destellos de luz. Quería hipnotizarme”.
Soto creía que si el hipnotizador fracasaba con él, iban a volver a torturarlo y, a esas alturas, dice que ya no tenía fuerzas para enfrentar algo así. Entonces, como casi todos los que pasaron por él, optó por fingir el trance.
Para probarlo, Pincetti acercó un cigarrillo y me lo apagó en el dorso de la mano derecha.
Pese al dolor, no movió un músculo, así que la sesión de hipnosis continuó.
Después me pinchó las yemas de los dedos con un alfiler. Tuve que quedarme impávido otra vez.
A principios de los años 90, Pincetti comenzó a declarar en los tribunales por la muerte de Alegría. Su participación habría quedado en el olvido, si no fuera porque un ex CNI entregó anónimamente a un sacerdote información sobre el crimen del carpintero. Allí mencionaba al “Doctor Tormento”.
En 2000, Pincetti fue condenado a 10 años por la muerte de Alegría. El resto de la patrulla que participó en el crimen obtuvo cadena perpetua. Todos fueron llevados a Punta Peuco, una cárcel especial para violadores de derechos humanos.
El lugar favorito de los suicidas americanos
Sin acercarse demasiado, el sargento de la patrulla de carreteras Leif Cardwell le rogó que hablara con él acerca de sus problemas y no se arrojara al vacío. Ya había evitado un suicidio en el mismo puente dos meses antes.
“Es demasiado tarde” , le dijo la mujer, mientras arrojaba su licencia de conducir y su teléfono celular y pasaba la otra pierna por encima de la barrera. En un abrir y cerrar de ojos, ya no estaba allí.
Segundos después se escuchó un fuerte ruido cuando hizo impacto en el agua. “Era un día con bastante viento y mucho ruido, pero se escuchó bien claro”, recuerda el agente. “Qué forma tan violenta de morir”.
Personas deprimidas siguen subiendo a lo más alto de la majestuosa estructura para poner fin a sus vidas, afianzando su reputación como uno de los puentes con más suicidios de los Estados Unidos.
El gobierno estatal ha tratado de combatir este fenómeno patrullando el puente las 24 horas del día e instalando cámaras de vigilancia e incluso teléfonos con servicios de emergencia que puede usar la gente desesperada para buscar ayuda. Los agentes dicen que salvaron la vida de decenas de personas desde que fueron asignados al puente en el 2000. Pero ello podría cambiar en vista de que se estudia la posibilidad asignar menos agentes como parte de un plan de reducción del presupuesto estatal.
Diez personas se suicidaron en el Skyway el año pasado y otras siete fueron convencidas de no arrojarse o sujetadas antes de que lo hiciesen por agentes que recorren continuamente los 6,4 kilómetros del puente. Una noche reciente, un agente halló un Jaguar que había sido abandonado por un individuo de 22 años que se había suicidado. Al día siguiente, el mismo agente contuvo a un hombre de 39 años que quería tirarse.
Quienes se lanzan desde el centro del puente, a unos 60 metros de altura, tocan el agua en menos de cuatro segundos, a una velocidad de 120 kilómetros (75 millas) por hora. El impacto desgarra sus ropas, tritura huesos y daña órganos internos. Algunos se estrellan contra unas rocas.
Muchos suicidas dejan notas en sus autos. Los archivos indican que llegan a cualquier hora y que el día más popular para los suicidios es el domingo.
Cuando era gobernador, Jeb Bush exploró la posibilidad de instalar más barreras y redes. Pero esas ideas no eran realistas por cuestiones de aerodinámica y otros factores. Lo que sí se hizo fue instalar seis teléfonos con servicios de emergencia para suicidas y se dispuso el patrullaje del puente las 24 horas con el fin específico de evitar suicidios.
La patrulla de carreteras dice que frustró casi un centenar de suicidios desde el 2000. Pero el programa cuesta 330 mil dólares al año en horas extras de los agentes y está siendo reevaluado.
La clave para evitar suicidios, según las autoridades, es que un agente llegue al lugar minutos después de que un auto se detuvo en el puente, al que no pueden acceder los peatones.
Cuando llegan, muchos ya se han tirado, sin siquiera apagar el motor de sus autos. Pero con frecuencia el agente se encuentra con alguien sentado en su auto, llorando, caminando sin parar o sentado en una barrera de poco más de un metro (tres pies y medio) de alto. Si el agente logra evitar el suicidio, lleva a la persona a un centro donde se la somete a una evaluación psicológica.
“Hay algunos que no están tan seguros de suicidarse, esos son los que podemos salvar”, dijo el agente Harold Frear. “No queremos que se queden sentados mucho tiempo, pensando, porque pueden decidir tirarse”.
Otro agente, Dan Cole, dice que trabajó cuatro años en el puente y que nadie se suicidó durante su turno. “Aferré con mis manos a seis evitando que se tirasen, incluidos dos que ya estaban del otro lado del muro”, declaró Cole.
¿Por qué la gente se suicida arrojándose de un puente? Hay quienes dicen que es práctico y que la idea de suicidarse en un sitio hermoso, flotando en el aire antes de ser envuelto por el agua y la oscuridad, resulta romántica para algunos.
“Creen que hacen un vuelo trascendental y que al llegar al agua se ahogarán”, dijo el doctor Lanny Berman, director de la Asociación Nacional de Suicidología. “No piensan que va a ser algo traumático, como es la muerte. Lo ven como algo mágico”.
Los expertos señalan que cuando un puente se hace fama por la cantidad de suicidios, inevitablemente va a atraer más gente que quiera poner fin a su vida. Y el Skyway tiene una fama bien ganada.
En 1993, una niña de 16 años y un muchacho de 15 se tiraron juntos en un pacto suicida entre dos enamorados. Se dijo que lo hicieron porque la madre del chico quería enviarlo a vivir con su padre, lejos del lugar.
En 1998, un individuo de 44 años se arrojó del puente con su perro. El animal sobrevivió, el dueño no.
Una mujer llamada Katherine Freeman se tiró luego de matar a su ex marido con un revólver y de tratar de ahorcar a su esposa. Es apenas una de una media docena de personas que sobrevivieron al salto. Se recuperó y fue condenada a cadena perpetua por el asesinato.
Al año siguiente, Hanns Jones se tiró y también sobrevivió. “Apenas salté comprendí que había cometido un gran error”, dice ahora Jones.
La experiencia no fue lo que esperaba. “Uno gana velocidad constantemente y de repente se frena”, comenta. “No se da cuenta de que está en el agua. Se siente como si se hubiese estrellado contra el cemento”.
Pese a sufrir fracturas y lesiones múltiples, Jones pudo nadar hasta unas rocas. Allí lo encontró un equipo de rescate, desnudo.
Jones, de 42 años, dice que es feliz hoy y que a menudo se pregunta por qué él sobrevivió y tantos otros no. Pero comprende por qué la gente se tira.
“Uno llega a un punto en el que todo es surrealista”, afirma. “Lo único que quiere es que desaparezca este sufrimiento tan tremendo”.
Los Emigrados W.G Sebald
Los emigrados de W.G. Sebald debe de ser una de las novelas más melancólicas y sensibles de la literatura contemporánea, además de una de las más sutiles y heterodoxas.
Sus personajes habitan el libro como los espíritus de Henry James pueblan una casa que fue suya pasajeramente: con la duda sobre la propia pertenencia, con ganas de estar y ganas de desaparecer, con ansias de no ser vistos y con la inclinación huidiza a dejar una huella fantasmática de su existencia que sirva de dudosa evidencia a los demás.
En la primera de sus cuatro partes, el narrador, intentando evocar la imagen física del personaje cuya vida quiere reconstruir --el doctor Henry Selwyn-- recuerda la fotografía de Nabokov que alguna vez recortó de un diario, en un viaje por Suiza. En la fotografía, Nabokov tiene una red de cazar mariposas sujeta con los dedos de la mano izquierda.
En la tercera parte, que narra la vida errabunda del tío Ambros Adelwarth y su amigo Cosmo, heredero de un multimillonario de Nueva Inglaterra, el narrador descubre que ambos personajes, décadas atrás, habían muerto en un mismo lugar, un sanatorio para enfermos mentales en la pequeña ciudad de Ithaca, New York.
Una anciana pariente de Ambros y del narrador, la tía Fini, rememora una visita hecha décadas atrás: el tío Ambros, en los jardines de la casa de reposo en la que se ha recluido por propia voluntad, ve con frecuencia, vagando entre las colinas y las cascadas de Ithaca, a un hombre que recorre el campo con una red de cazar mariposas en la mano.
En la cuarta parte del libro, Max Ferber, pintor obsesivo que ha pasado casi toda su vida refugiado en un pequeño y polvoroso estudio en un edificio de la ciudad de Manchester, decide hacer un viaje a Suiza para explorar ciertos cuadros guardados en una vieja iglesia.
Caminando por los montes que rodean el pueblo suizo, Ferber siente el vértigo y lo tienta el deseo de arrojarse desde las alturas sobre la población de allá abajo. Lo detiene, sorpresivo, como una aparición, un hombre que porta una red de cazar mariposas.
En un inglés impecable, pero de origen incierto, el hombre le dice a Ferber que es mejor bajar la colina en dirección al pueblo antes de que la oscuridad de la noche los capture en un sitio tan desolado.
Ferber baja el cerro y regresa al pueblo. Luego viaja a Manchester de vuelta y pasa los siguientes dos años intentando pintar el retrato del "hombre de las mariposas", cuyo rostro nunca más es capaz de recordar: pinta y destruye, dibuja y rasga, traza y raspa la pintura, y el resultado final lo decepciona.
Nabokov, claro, vivió sus años finales en el Montreaux Palace Hotel, en Suiza, lugar al que se alude en Los emigrados, y antes de eso pasó otro largo periodo de tiempo en Ithaca, New York, como profesor de Cornell University. Los años en que escribió Lolita.
Los personajes de Los emigrados son, todos ellos, judíos, aunque la novela de Sebald no hace hincapié en esa pertenencia. Más bien, parece incluso borrarla, salvo porque el casi oculto origen étnico de los caracteres está entre las causas primeas de su migración.
fuente:puenteaereo1.blogspot.com
La isla de cemento J.G.Ballard
La isla de cemento es una novela asfixiante en su inicio y devastadora en sus conclusiones.
Robert Maitand es un arquitecto al que la vida le ha tratado bien, una vida no exenta de problemas pero con las satisfacciones suficientes (basadas en su mayor parte en la vida acomodada que lleva) como para seguir tirando. Esposa, hijo, amante, y dinero más que suficiente como para poder sonreír al levantarse cada mañana. Un accidente de tráfico causado por un despiste le lleva a una isla de tránsito entre diversos carriles de una autovía. Pero lejos de ser rescatado de inmediato, los días se sucederán en la isla de cemento sin que nadie acuda en su ayuda. Por una serie de caprichos del azar, nadie ha visto el accidente y nadie le echará en falta en su vida diaria (en el trabajo piensan que está de viaje, su mujer piensa que está con su amante, su amante cree que está con su mujer).La crítica a la incomunicación social está siempre presente, con este arquitecto confundido con un mendigo al que, por supuesto, nadie prestará atención ni tomará en serio Convertido en una especie de Robinson Crusoe modernizado, el herido Robert Maitand deberá sobrevivir en el ambiente hostil de la isla y tendrá que intentar escapar de ella para volver a su anodina y aparentemente feliz existencia. Mientras que otros autores se hubieran centrado únicamente en los métodos de supervivencia del arquitecto en la desolada isla (probablemente a modo de novela de aventuras), J.G. Ballard da un paso más allá diseccionando a su personaje protagonista a través de patéticos episodios hasta mostrarnos de qué está hecha realmente el alma humana cuando la despojas de convicciones y maquillajes sociales. Y es que con ‘La isla de cemento’ (Minotauro) Ballard vuelve a desnudar varios aspectos inquietantes de la psique humana, tal y como ya había hecho en la sobrecogedora ‘Crash’ y haría más adelante en ‘Rascacielos’, ‘Furia Feroz’ o ‘Noches de cocaína’. Los momentos de auténtica angustia a cargo de la soledad centran la primera parte de la novela, cuando el protagonista intenta por todos los medios llamar la atención de un posible salvador. La crítica a la incomunicación social está siempre presente, con este arquitecto confundido con un mendigo al que, por supuesto, nadie prestará atención ni tomará en serio. Es esta la parte más tópica del relato, aunque no por ello carece de interés, logrando el autor que sufras en tu propia piel la indefensión del personaje protagonista. Sin embargo Ballard propicia a mitad de libro un interesante y arriesgado giro en el que Maitand se dará cuenta que no está solo en la isla, aunque esa compañía no menguará su soledad existencial. Jane y Proctor entran en escena, son dos desheredados de la tierra, dos solitarios alejados de convencionalismos de ningún tipo a los que la presencia del arquitecto pondrá en alerta. Son dos personas que han decido dar de lado al mundo que les ha dado la espalda, dos personalidades muy diferentes pero con un rasgo en común: ambos han decidido recluirse voluntariamente del mundo exterior, cambiando dolor por penuria. Con Jane y Proctor a su alrededor, uno podía pensar que las cosas irían mejor para Maitand, cada vez más débil física y psicológicamente. Sin embargo estos no quieren que nadie saque a la luz su escondrijo secreto, por lo que no ayudarán al arquitecto más que para lo estrictamente necesario. Así, el protagonista herido deberá hacerse valer por encima de los dos marginales, aunque para ello tenga que poner a prueba su propia moralidad. Ballard reflexiona así sobre todo lo que estamos dispuestos a hacer con tal de sobrevivir, cosas de las que habitualmente renegamos pero en las que podemos llegar a vernos obligados a convertirnos. Será junto a la manipuladora Jane y al simplón Proctor con los que Maitand se hará inquietantes preguntas sobre su propia situación: ¿y si hubiera sido él quién inconscientemente hubiera provocado el accidente que propició su reclusión en la isla? ¿Y si realmente no quiere salir de ella? ¿Somos nosotros mismos los causantes de nuestro propio dolor? Junto a ellos el protagonista de la historia se conocerá un poco mejor (no siempre para bien), aunque no logre sacar ninguna conclusión determinante sobre sí mismo. Eso sí, nunca un final tan abierto como el expuesto en esta novela había resultado tan concluyente. ‘La isla de cemento’ es una novela entretenida, aunque asfixiante en su inicio y devastadora en sus conclusiones. La trama se tuerce radicalmente desde la novela de aventuras con la que da comienzo, el mensaje del autor varía y el lector no puede dejar de sorprenderse por el escéptico pesimismo que rebosa cada capítulo a partir de ese momento. No es un texto fácil, aunque quien se atreva a sumergirse en él hallará un buen número de miserias humanas y una tristísima reflexión sobre la alienación que domina nuestras propias existencias. ![]() |








